Sunday, May 27, 2007

Requiem

Hoy escribiré a una respetable amiga, la Pelusa.
No recuerdo bien el día en que llegó a nosotros, sólo recuerdo que no llevábamos mucho tiempo de habernos cambiado de casa. Creo que esa niña llegó junto con la casa. Esa tarde llegó mi tío, alegre y bonachón como de costumbre con Pelusa, una chica de pelaje blanco y ojos cafés, rostro enjuto, marcada por su vida pasada, una desafiante que te calaba hasta los huesos. Su primera mirada hacia mí fue de odio, una rabia que me escrutiñó desde la cabeza hasta los pies, me juzgó como su verdugo y perdición.

Entró a la casa como entra una mujer indomable, dispuesta a sacar las garras ante cualquier descuido, indispuesta a ceder un ápice de su personalidad y desconfiada de aquello que le pudiera aguardar. En el principio no aceptó que su vida había cambiado, le temíamos, su fiera mirada de predador nunca descansaba lista para dar una mordida a traición, pelusa, nunca gruñó en balde y jamás atacó por la espalda.

De eso ya hace muchos años y creo que nunca dejó de ser esa mujer salvaje que entró esa tarde por las puertas blancas de mi casa. Tomó tiempo y paciencia para que aceptara que se encontraba al fin en su hogar, que sus habitantes eran sus amigos y no sus jueces. Pero nadie más, los demás seguían viendo al feroz y hambriento lobo hasta el día en que nos dejó.

Un espíritu libre como ella no puede mantenerse manso y a merced de otros por mucho tiempo. Sus viejos huesos, prestos siempre en pos de la aventura, no pudieron sostenerla para siempre. Ella que vio partir a sus hijos y a su pareja, que sobrevoló por tantas tempestades, la esfinge albina, la excelsa cazadora, murió.

Sus ojos se cerraron para siempre, esto cuenta la historia oral, "tras encontrarse cara a cara a su igual le dirigió la última mirada y en el silencio de la muerte extendió su último adiós". Buen viaje pelusa y gracias por acompañarnos.

Descansa En Paz

Tuesday, May 01, 2007

El trono de David

El trono de David
SD
No existe tal cosa como el trono de David, nunca la ha habido ni la habrá. Mi nombre es Paja y soy uno de los trece caminantes que recorren la tierra. Nací junto con la humanidad, celebré con Lilith el nacimiento de su primer hijo y lloré la muerte del adelantado. Hace unos años me dirigía a la costa oeste del continente, a la tierra donde antiguamente el sol moría. En mi camino encontré a un caminante, un monje, y creo que nunca antes me había topado con alguien tan sabio e interesante. Conocía todas las facetas del continente, a sus gentes, sus campos, sus problemas. En cambio, yo he sido toda mi vida un bobo soñador. Al caer la noche hicimos una pequeña fogata y el comenzó a hablar de las grandes guerras que acechaban a la región. Me platicó del emperador que en siete rojas noches conquistó el mundo conocido y que fue asesinado al terminar dicha empresa por sus gentes de confianza. No sólo eso, me habló del hecho de que cada día las personas olvidaban más y más su moral y de otras muchas cosas realmente fascinantes.
Es muy raro que los inmortales nos topemos el uno con el otro y más raro aún que hablemos. Es por eso que ayer me extrañó que un carro negro se parara junto a mí y uno de ellos me invitara a su casa. Sus ojos eran completamente distintos a los míos ya que reflejaban una larga vida de esfuerzo, trabajo y sangre. Sus facciones eran rígidas a pesar de que todo el tiempo me hablaba entre sonrisas. Llegamos por fin a su casa, un imponente rascacielos que dominaba la ciudad de los siete marfiles. En todo el camino no paró de hablar, su conversación era realmente aburrida, decía muchas cosas sobre las finanzas, también de los problemas sociales, de la degeneración de la sociedad. Mi mente estaba en las nubes, me acordé del monje peninsular de antaño y la forma tan entretenida en que decía las cosas. Era obvio que yo no le prestaba atención y él era indiferente a mi presencia; necesitaba decir todo aquello no puede ser escuchado por mortales dada su naturaleza fantástica o improbable.
Llegamos a la cima de la torre y para mi sorpresa él mencionó que no era dueño de todo aquello sino que le pertenecía a alguien más. Entramos a una gran cámara llena de pinturas, esculturas y toda clase de excentricidades propias de un magnate. Tras un escritorio perfectamente pulido de mármol, con patas de león, se hallaba un hombre en la plenitud de su vida. Nos dirigió una mirada diciéndole a mi compañero la buena broma que le jugó al traer un vagabundo a ese lugar. Bajó su vista y puso sus melancólicos ojos en el trabajo que había interrumpido. Nos dirigimos a una pequeña oficina que se encontraba al lado y nos sentamos a beber un poco de vino. Algo en su faz me llamó la atención y le dirigí una mirada, en ese momento entendí que no era la primera vez que lo encontraba y que tampoco era la primera vez que escuchaba sus palabras. El también estaba consciente y no por eso evitó pronunciarlas
_Eso que ves ahí es el trono de David, eso que él esta escribiendo es el destino de los hombres, aquello que carga son sus pecados y los de la humanidad, ¿entiendes lo paradójico que resulta eso? Cualquier persona, si estudia adecuadamente, puede entender cómo funciona el complejo sistema, puede predecir que movimiento, que giro, que jugada, será la siguiente. Pero todos ellos olvidan lo más importante, lo que no está escrito en ningún libro, lo que ningún manual dice, la inevitable realidad y la pregunta que se enfrentan cada día y que siempre queda sin respuesta ¿para qué? Míralo, pertenece a la estripe maldita y una vez más ha logrado conquistar todas las conciencias, hacerles pensar lo que él piensa, logrado que repitan sus ideas a viva voz. Con ello sólo quiere eludir la gran verdad. No existe el trono de David, jamás hubo la necesidad de conquistar el mundo. Lo que hace está totalmente vacío porque ha logrado unir una serie de eventos aislado en uno solo. Su camino no se puede extender porque cree que ya ha terminado pero es mentira. La vida en conjunto nunca ha tenido un fin, tal es la falacia que el individuo se ha creado; existe el camino y nada más.
Bajé la mirada comprendiendo todas y cada una de las palabras que brotaron en su mente. No es que no lo supiera, puesto que yo mismo vivo expuesto a esta paradoja, contemplando la estupidez humana a mi modo. No conozco el método de los hijos Eva, no soy tan estúpido, sé que siempre han querido al mundo para sí, porque de otra forma no pueden perderlo. Les gusta jugar que tienen el control, que todos ellos en conjunto tienen un verdadero propósito ajeno al poder por el poder. Ese es su por qué y su verdad, no su naturaleza, por eso desdichado aquellos que conocen el cómo y se sujetan a su destino.
Dejo estas líneas que es momento de olvidarlas y seguir mi camino.